Catarsis parte II: el final de la guerra
"No se puede destruir a quien encontró poder en su propia destrucción"
Después de debatirse muchas noches entre su luz y su oscuridad, llegó un momento en el que el cansancio dejó de ser agotamiento y se convirtió en revelación: se dio cuenta de que llevaba toda la vida intentando elegir un bando dentro de sí misma, como si su alma fuera un campo de batalla en el que solo una parte pudiera salir victoriosa. Y que mentira más grande...
Durante mucho tiempo creyó que el objetivo de sanar era habitar una luz permanente. Pensaba en el Sol como la meta suprema: una claridad radiante, cálida, impecable, capaz de iluminarlo todo y de convertir el dolor en un paisaje limpio de cicatrices. Se obligaba a buscar el lado luminoso de cada pérdida, la lección detrás de cada traición, la comprensión madura en todo. Y en esa búsqueda, a veces terminaba extenuada, porque sostener la luz a toda costa cuando por dentro el mundo se tambalea es solo otra forma de autoexigencia.
Por eso, cuando el cansancio se volvió insostenible, la oscuridad empezó a tentarla... Miró hacia la Luna y hacia la noche abismal con una extraña atracción. La oscuridad le ofrecía un refugio helado y seductor: la posibilidad de volverse impenetrable, de construir muros de piedra que nadie pudiera volver a cruzar, de endurecer la mirada y protegerse tras una coraza de escepticismo. La tentación de dejarse consumir por la rabia, de volverse fría y distante, de aceptar que el mundo era un lugar hostil y que la única forma de no volver a romperse era no volver a entregarse jamás.
Y ahí, suspendida en la frontera entre el día y la noche, llegó el día en que se hizo el silencio. Respiró, y en ese instante sagrado de quietud, lo entendió todo: Ella no tenía que elegir entre el Sol y la Luna, porque ella era la totalidad del cielo.
Comprendió que pretender ser solo luz era una trampa que la condenaba a disculpar lo indisculpable y a tolerar lo inaceptable bajo la promesa de un perdón malentendido. La luz era su capacidad de renacer, su fe inquebrantable en la vida, su alegría transparente y su decisión absoluta de ser feliz. La luz era su negativa a quedarse atrapada en el papel de víctima y su valentía para seguir amando. Pero esa luz ya no volvería a ser ingenua ni barata. Ser feliz, sí, pero no a cualquier precio. Jamás con cualquiera. Nunca más sacrificando su propia paz para calentar a quien prefería habitar en la penumbra.
Y la oscuridad... Ah, la oscuridad ya no era un monstruo al que temía, pero tampoco ese reino cómodo de dolor descontrolado donde quedarse a vivir para seguirse engañando a sí misma. Comprendió que la falsa oscuridad es seductora porque ofrece un escondite perfecto: el refugio de hacerse la víctima, de escudarse en un «así soy yo» o un «el mundo es cruel y no puedo cambiar» para evitar la incomodidad de enfrentar las heridas reales. Pero ella decidió no quedarse atrapada en esa trampa. En su lugar, descubrió la belleza implacable de su propia sombra. La oscuridad se convirtió en autoconocimiento, en su poder de poner límites firmes y cortantes como el cristal. En la dureza necesaria para decir «hasta aquí». En el instinto salvaje que detecta la falsedad a kilómetros y no permite que nadie vuelva a jugar con su tiempo o con su vulnerabilidad. La oscuridad era su cueva, su misterio, su soberanía y el recordatorio de que también sabe ser tormenta cuando intentan invadir su territorio.
Aquel día, la guerra interna terminó...
No hubo nada grandioso, solo una paz profunda y expansiva que recorrió cada rincón de su cuerpo. Una paz que olía a tierra mojada después de una tormenta que por fin se retira. Miró hacia atrás y se dio cuenta de algo prodigioso: las heridas ya no dolían. Las elecciones pasadas —incluso las que un día consideró errores trágicos— ya no le pesaban.
Donde antes veía pérdidas, ahora solo alcanzaba a ver aprendizajes impecables que la habían traído hasta este punto de lucidez. Donde antes creía habitar entre ruinas, descubrió que solo había cimientos sobre los que erigir su verdadero templo.
Ya no era esa niña que buscaba aprobación ni que se hacía pequeña para no estorbar, ni la esposa que esperaba a que la vieran, ni el refugio clandestino de historias clandestinas donde no era prioridad. Ya no pertenecía a nadie más que a sí misma.
Aprendió a habitarse entera, sin fragmentarse. A brillar como el mediodía cuando su corazón quiere entregar afecto, y a oscurecerse como la noche cósmica cuando necesita resguardar su sagrada soledad. Aceptó su naturaleza cíclica: luz que ilumina, sombra que protege, fuego que transforma y paz que abraza.
Han sido más de seis años de batalla intensa, de un trabajo arduo y silencioso en las profundidades de su ser. Pero hoy, por fin, ha logrado integrar cada lección y dar por concluida la noche más oscura de su alma. La travesía por el desierto ha terminado. Ahora comienza un nuevo capítulo. Uno en el que el desafío ya no será reparar lo que un día se rompió, sino recordar todo lo aprendido para no volver a olvidarse de sí misma.
Porque comprendió, al fin, que el verdadero peligro nunca fue amar demasiado, sino abandonarse mientras amaba. Y eso ya no volverá a ocurrir. No porque el mundo haya cambiado, sino porque ella lo ha hecho.
El pasado queda atrás... Es hora de desplegar las alas, es hora de renacer. Porque nadie puede destruir a quien dejó de librar una guerra contra sí misma.
Awen




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