El exilio: el alto precio de recuperar tu alma
Hay momentos en la vida en los que el suelo bajo tus pies deja de ser firme y se convierte en una balsa de ceniza. Te das cuenta de golpe de que todo lo que habitabas —las rutinas, los vínculos de toda la vida, los trabajos medidos al milímetro para no incomodar a nadie, e incluso esa relación simbiótica donde la mediocridad ajena exigía tu empequeñecimiento— no era más que una escenografía. Un baile de máscaras donde casi nadie interpretaba un papel real, sino el que los demás necesitaban que representaras para mantener su propia comodidad intacta y el control sobre ti. Desde muy jóvenes nos inculcan que el valor se mide en la resistencia silenciosa, en cumplir expectativas ajenas y en cargar con estructuras que hacen aguas por todas partes. Que aceptes callarte por el qué dirán, que ser tú está mal visto y debes achicarte para encajar. A mí me enseñaron a sostenerlo todo sola, a no molestar, a levantar murallas de autosuficiencia mientras por dentro me consumía una autoexigencia fero...








