Donde mueren los imposibles


Hay historias con finales felices y luego está esta: El amor no siempre llega a tiempo para salvarnos; a veces solo llega para enseñarnos de qué material estamos hechos cuando nos toca rompernos.

Aquella noche el tablero dio un vuelco definitivo. Estabamos hablando a las diez de la noche cuando las frases que parpadeaban al otro lado de la pantalla dejaron de encajar; y algo me advirtió que los dedos que tecleaban no le pertenecían a él. Se desató entonces un choque feroz entre el instinto de supervivencia que exigía lógica y la obstinación de un corazón negándose al desamor. Mi brújula interna jamás falló, por mucho que intentara silenciarla o inventarme excusas para disculpar sus silencios. Algo dentro de mí gritaba con fuerza que lo nuestro había sido real, pero que su naturaleza, prisionera de un laberinto perpetuo de huidas y temores, terminó dinamitando el puente sin medir el impacto, lastimando a la única persona dispuesta a traspasar sus murallas para tenderle la mano y quedarse a pesar de sus grietas.

En ese momento de confusión, me vi obligada a jugar su propio juego: él mentía y se escondía tras sus personajes para protegerse, mientras que yo siempre fui sincera; solo utilicé sus propias armas, analizando cada detalle y cada contradicción, para darle la vuelta al tablero y obligar a salir a la superficie la verdad que él tanto se empeñaba en ocultar. No mentí,  fue estrategia.

¿Cómo se aprende a marcharse de un sitio donde una deseaba quedarse para siempre, de ese rincón del mundo donde mi alma por fin había decidido anclarse al haber encontrado a su mitad? Duele de una forma desgarradora, saber que me marcho de donde quería quedarme, de un refugio que construí en el aire con la absoluta certeza de que lo nuestro merecía toda la paciencia del universo. Él se empeñaba en etiquetarnos como un "amor imposible", colgando ese cartel trágico para justificar cada una de sus huidas. Y yo nunca lo entendí, porque en mi interior siempre creí que lo imposible solo tarda un poco más, y yo no me habría rendido.

Con él lo quería todo, sin condiciones ni medias tintas. Me hubiera quedado a las malas, para sostenerle el pulso a la tormenta, para cuidar de sus heridas y reconstruir cada pedazo roto; y a las buenas, para crecer a su lado, sonreír y construir un futuro entero.

Pero la dureza más infinita de lidiar con estos perfiles es chocar contra esa pared invisible: saber, desde la psicología, que los apegos desorganizados o evasivos se pueden sanar y reconfigurar si hay conciencia; sin embargo, estrellarse una y otra vez contra la cruda realidad de que el otro, aun siendo consciente del daño, decide no esforzarse en cambiar. Se puede sanar, sí, pero nunca a la fuerza ni de forma pasiva; se requiere una voluntad activa que ellos se niegan a tener, prefiriendo la comodidad de su propia trinchera y sus fantasmas antes que asumir la responsabilidad de evolucionar.

Y lo que más me quema por dentro es saber que él sufre también, atrapado en su propio laberinto, prisionero voluntario de un dolor que no sabe cómo gestionar. Duele verle romperse sabiendo que tenía la salida al alcance de la mano.

¿Cómo seguir sosteniendo la mano de alguien que, en cuanto me acerco con el alma abierta, decide correr o sabotear lo nuestro cuando se vuelve real? ¿Cómo lidiar con su necesidad constante de ponerme a prueba, de llevarme al límite, de negarse a confiar o a mantener una simple conversación normal? Me destruía el alma verle cruzar mi camino con la cabeza gacha al pasar por mi lado, como si yo fuera una extraña, ignorando por completo el peso titánico que ya cargaba sobre mis hombros con my propia vida, mientras me dejaba la piel y el aliento luchando contra viento y marea por estar a su lado.

El desconcierto me encogió el pecho, empujándome hacia un abismo de dudas e inquietud. Pasé las horas de oscuridad con los ojos fijos en el vacío, repasando una y otra vez cada captura de pantalla, analizando cada jodida letra con la lupa invisible de quien busca el error exacto que provocó el naufragio. Intentaba buscar significado, un porqué.

No era un amor imposible; era perfectamente probable, pero él se empeñaba en enredarlo todo. Era un maestro en el arte de montarse el peor escenario posible en la cabeza, envenenándose con un sobrepensamiento que lo saboteaba todo. Yo misma había pasado por ahí antes y sabía muy bien de lo que hablaba: el noventa y ocho por ciento de las películas catastróficas que nos montamos en la cabeza jamás ocurren en la realidad. Pero él prefería refugiarse en sus propios fantasmas antes que atreverse a vivir lo bonito y dejar que calmara su caos con besos.

Y, aun así, la contradicción me quema por dentro. ¿Cómo se pasa página cuando la duda me taladra el cerebro? Me dejó con la agonía perpetua de no saber si alguna vez me amó de verdad, o si todo fue un espejismo para calmar sus propios vacíos. ¿Cómo se deja ir a ese pequeño demonio al que yo quería amar con locura, con todas sus sombras, con cada una de sus grietas?

Al final, exhausta de tanto empujar contra un muro de hielo, me marché como él quería, completamente descompuesta en lágrimas, con el corazón hecho trizas, sabiendo que acababa de amputar la parte de mí que más deseaba quedarse, y cortar ese hilo rojo invisible que nos unía.

Desprenderse fue doloroso y, a su vez, paradójicamente, el ejercicio de mayor dignidad; pero ¡cómo duele...! Me marché amándome y amándole en cada ápice, pero di el paso al frente obligándome a caminar. Un paso que me desgarra el alma por dentro. Y aunque la memoria conserve intacta la chispa de aquello que rozamos fugazmente, toca aceptar que ya no es posible sostener lo que el otro se empeña en desmoronar por no atreverse a amarlo.

Siempre en mi corazón. Ojalá te encuentre en otra vida y sepamos hacerlo bien.


Awen


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