No se puede destruir a quien encontró su poder en su propia destrucción
Hay historias que nacen para inspirar y otras que simplemente necesitan ser contadas. Esta pertenece a las segunda. No pretendo que nadie la entienda, me basta solo con entenderla yo. No es una historia bonita ni perfecta... es incómoda, cruda, llena de contradicciones y profundamente humana. Tampoco es la historia de un fracaso; es la historia de una reconstrucción. Y, aunque dolió más de lo que jamás imaginé, volvería a recorrer ese camino si el destino volviera a ser encontrarme a mí.
Cuando conocí a mi marido, nunca imaginé que nuestra historia sería un viaje tan complejo y lleno de altibajos. Desde el principio, hubo conexión entre nosotros y mucha complicidad. De hecho, habíamos coincidido en los mismos lugares durante muchos años, décadas incluso, y había pruebas de ello. A las pocas semanas de hablar y quedar, pasamos de 0 a 100 sin saber ni cómo, pues nadie buscaba un compromiso en ese momento, pero así es la vida a veces.
Nos metimos de lleno en una relación llena de aventuras, viajes, locuras y complicidad, y luego sin planearlo, llegó la convivencia. Unidos por la música y por un montón de cosas en común, a pesar de ser tan distintos a veces y tener diferentes formas de ver la vida, aunque compartíamos valores y algunos principios. Pero incluso en medio de la felicidad, llegaron los desafíos: maternidad, negocio, convivencia y muchos planes de futuro. Y todo, lejos de casa sin ayuda de la familia y para más inri, la boda.
Fue íntima y muy auténtica, celebramos nuestro compromiso de enfrentar juntos cualquier obstáculo que se interpusiera en nuestro camino. No fue la boda de nuestros sueños, pero lo importante de ese día era la promesa que nos hacíamos.
Todo parecía volver a ir bien entre nosotros: nuestros hijos crecían, teníamos un negocio próspero, nos apañábamos... Sin embargo, la vida tenía otros planes para nosotros... en 2018 empecé a tener problemas de salud después de períodos de mucho estrés. El cuerpo colapsó física y emocionalmente y luego entré en una crisis de profunda que estaba gritando dentro de mi; obligándome a redefinir mi identidad y mis prioridades. En aquel entonces, mi enfoque giraba en torno al trabajo, a cómo enfrentaría el próximo día y en desempeñar mi papel de madre. Me esforzaba por cumplir con todo, pero resultaba frustrante cuando mi cuerpo no respondía como deseaba. Tuve que ajustar mi mentalidad, controlar mi hiperactividad mental y mi obsesión por planificar cada detalle. Ese perfeccionismo que me obligaron a tener de pequeña, porque siemore debía autoexigirme lo mejo, para demostrar mi valía.
Acepté que las cosas serían diferentes a partir de ese momento. Experimentaba altibajos constantes, pasando de momentos de gran energía a otros de agotamiento extremo, inflamación, ansiedad y dolor. Al final, tratamientos médicos a parte, todo se redujo a un profundo cambio de mentalidad, a rendirme ante la realidad y fluir mientras aprendía a escuchar las necesidades de mi cuerpo.
Mientras luchaba por encontrar mi lugar en el mundo y sobrellevaba el duelo de aceptar esas nuevas limitaciones por todos los procesos de salud que estaba enfrentando y sobrevivía, él se alejaba buscando su espacio y distracción... Quizá era su forma de evadirse porque no sabía cómo gestionar esa situación. Me sentía cada vez más sola, menos deseada y más cansada. En este proceso, también me tocó enfrentar el desafío de que él comprendiera y aceptara esta nueva situación sin hacerme sentir culpable de ella, dado que ya me culpaba lo suficiente a mí misma. El cambio no solo impactó mi vida, requería un ajuste para toda la familia. Aceptar que las cosas ya no serían como antes, al menos no todos los días mientras durara ese proceso, que implicaba comprensión y apoyo mutuo, que demandaba tiempo y muchísima paciencia.
A pesar de mi voluntad de seguir adelante y hacer crecer nuestro negocio, él fue dejándolo de lado, y me vi tomando una decisión que no quería. Pero en la vida siempre debemos tomar decisiones y reinventarnos... Debíamos empezar de cero, aceptar nuestras diferencias y apoyarnos mutuamente en nuestras decisiones futuras. Trabajé unos meses para una empresa que no me llenaba nada, haciendo infinidad de horas en piloto automático así que decidí buscar una fórmula mejor para mí: irme, parar y reflexionar sobre hacia dónde podía redirigir mi vida con más propósito, con un nuevo enfoque para laboral. Ahí tuve que hacer un cambio de perspectiva. Tocaba parar y reevaluar todo y esta vez lo haría bien.
Al final, tomé una decisión: volver a estudiar. Quería probar trabajar en algo que realmente me apasionara. Inicialmente, parecía una locura: la decisión fue completamente improvisada y apenas dos semanas atrás me habían operado de la mano derecha. Era pleno febrero y los exámenes de acceso estaban programados para mayo. Muchos pensaron que era una locura total, que era demasiado pronto después de la operación y con la rehabilitación en curso, que no podría salir bien. Y esa preparación se suele hacer en 9 meses y yo solo tenía 3 y una sola mano. Pero me dije: "¿Why not?" A veces soy así de impulsiva. Me puse a estudiar, confiando en que para entonces podría escribir con normalidad, y si no, estaba dispuesta a realizar el examen de forma oral. Así de decidida estaba en aquel momento, dispuesta a enfrentarlo todo.
En medio de esta transición, mientras yo estudiaba, él trabajaba por cuenta ajena y aparentemente todo iba bien, aunque nos estábamos distanciando cada vez más. Parecía que él buscaba diversión y evasión de la rutina, mientras yo me metía en mis estudios en busca de un cambio y mejora personal. Siempre he tenido ambición y mentalidad de crecimiento, aunque con los años se me fue apagando porque él nunca compartió mi visión. Seguía desempeñando mi papel: madre, esposa y trabajadora. Como si solo existiera un papel para mí en esta relación. Me estaba olvidando de mí misma y él, de mí.
La pandemia curiosamente, nos ofreció un respiro inesperado, un momento para reconectar y fortalecer lazos. Juntos, enfrentamos los desafíos del confinamiento y toda la incertidumbre que nos supuso. Volvimos a ser un equipo y encontramos la belleza en los pequeños momentos de la vida cotidiana, en casa con nuestros hijos. Haciendo deberes, pan, estudiando y otras cosas random. Inventándonos una cena con juegos de mesa a la 1 de la mañana, porque perdimos la noción del tiempo. Nos unió como familia y guardamos bonitos recuerdos, sin restar la gravedad de la pandemia ni olvidar todos los estragos que causó. Pero incluso en medio de ese pequeño halo de luz para nuestra relación, la oscuridad acechaba en las sombras...
Un año después, el cáncer y el fallecimiento de mi abuelo, que como sabéis era mi guía, quien me hizo de padre, me recordó la fragilidad de la vida y la importancia de valorar cada momento. En medio del dolor y la pérdida, en lugar de aferrarnos el uno al otro con más fuerza que nunca y encontrar consuelo en nuestra mutua presencia, pasó lo contrario... no supo como sostenerme. La distancia emocional, su evasión fuera de casa y la falta de comunicación nos llevaron al borde del abismo, cada uno perdido en su propio dolor y confusión. Fue entonces cuando tomé la difícil decisión de pedir el divorcio, sintiendo el peso de un amor que se desvanecía entre mis dedos. ¿Qué fue de todos esos años felices? ¿Qué fue de ese amor y devoción que algún día nos tuvimos? Los siguientes meses fueron duros, me sentí anestesiada emocionalmente la mayor parte del tiempo porque estaba estudiando, trabajando, intentando desconectar de la situación y no tenía tiempo para autogestionarme a mi misma. Hacía las cosas casi en piloto automático y no daba una. Aunque volvimos a intentarlo porque no quería rendirme con mi matrimonio, años después me daría cuenta que solo era un parche para un final inevitable. Ahí sin darme cuenta empezaba mi proceso.
Pasé gran parte de 2022 y 2023 intentando entender qué me estaba ocurriendo por dentro. Ahí nacieron mis inquietudes y la necesidad de recuperar a la mujer que un día fui: mi esencia. Lo que todavía no sabía era que, para volver a encontrarme, antes tendría que desprenderme de muchas capas que había construido para sobrevivir. Capas de miedo, de autoexigencia, de culpa, de expectativas ajenas... y mirar muy muy adentro como nunca antes. Fue entonces cuando entendí que arrastraba heridas mucho más profundas de lo que imaginaba. Estaba atravesando una crisis personal, cargando el peso de todas las pérdidas que había vivido e intentando descubrir quién era más allá de los papeles que llevaba tantos años desempeñando bajo ese personaje que había creado. Ya no sabía dónde terminaba la madre, la mujer, la trabajadora... y dónde empezaba yo.
Tenía miedo. Miedo a equivocarme, a perder la estabilidad que tanto había luchado por construir, a decepcionar a los demás y, sobre todo, miedo a descubrir que la vida que había creado ya no se parecía a la que mi alma necesitaba. Pero llegó un momento en el que el ruido interior era tan fuerte que entendí que seguir igual también era una decisión. Y entonces decidí saltar... Quemé los barcos para obligarme a avanzar sin mirar atrás. Y ahí comenzó el verdadero trabajo.
Fueron incontables horas de introspección, terapia psicológica, libros, formaciiones, escritura y mucho silencio. Porque cuando necesito ir hacia dentro me aislo en soledad, como un ermitaño aunque nadie lo entienda. Empecé a observar mis patrones, mis heridas, mis mecanismos de defensa y todas aquellas creencias que durante años habían dirigido mi vida sin que yo fuera consciente de ello. Comprendí que muchas de mis decisiones habían nacido del miedo y no del amor. Que llevaba demasiado tiempo intentando encajar en lugares donde mi esencia nunca había tenido espacio para existir. Y entonces apareció algo que llevaba años esperando encontrar: yo. No una versión perfecta ni completamente sanada, sino una mujer mucho más auténtica. Esa niña que tenía sueños, que era libre y tenia la misma luz que un día apagó intentando ser quien los demás necesitaban que fuera. Descubrí que mi intensidad nunca fue un defecto, que mi sensibilidad era un regalo y que mi forma de ver la vida simplemente necesitaba el lugar adecuado para poder florecer. Y eso implicaría cambios, renuncias y muchas cosas. Pero sin cambio, no hay evolución, así que inevitablemente ese cambio empezó a transformar todo lo que había a mi alrededor.
Como siempre me ocurre, no sé hacer las cosas a medias... Cuando entendí que había aspectos de mi vida que ya no estaban alineados conmigo, rompí con todo radical. Así que sin despeinarme solté personas, trabajos, rutinas, compromisos y muchas versiones antiguas de mí misma, como si no hibieran existido. Aquello provocó una nueva crisis en mi matrimonio. Él nunca entendió mi proceso, ni a mi, Los mismos patrones que nos distanciaron hacía cuatro años seguían apareciendo una y otra vez y, aunque ambos intentamos sostener lo que habíamos construido, cada vez resultaba más evidente que algo muy profundo se había roto hacía tiempo. Y entonces descubrí la verdad y cambió por completo la forma en la que entendía nuestra historia.
En ese instante comprendí muchas cosas que durante años no habían tenido sentido para mí. Sin darme cuenta, ahí comenzó el duelo de mi matrimonio. No el día que terminó oficialmente, sino mucho antes. Porque hay relaciones que primero se lloran por dentro mientras todavía siguen existiendo por fuera y las mujeres procesamos los duelos relacionales así. Y ese quizá sea uno de los duelos más difíciles de atravesar... porque mientras todo eso sucedía, yo seguía cambiando. Era como una batalla entre luz y oscuridad dentro de mi, una contradicción interna. Pero poco a poco descubrí que volvía a sentirme viva, más conectada conmigo, más libre, más yo.
Pero intentaba procesar soltar ese último vínculo que me unía a la vida que había construido durante tantos años. Y ese último hilo terminó rompiéndose en Navidad. Y puede parecer frío, pero nunca lo sentí como el mayor derrumbe de mi vida, como creía... sinó en el mayor regalo que podía recibir: la oportunidad de reconstruirme desde cero y renacer. La explicación es lógica, llevaba tiempo atravesando ese duelo y soltando lentamente en realidad y eso solo era la última resistencia.
Hoy sigo trabajando en mí, sigo reconstruyéndome. Todavía no he llegado a donde quiero llegar y, siendo sincera, tampoco sé exactamente cuál es ese destino. Pero ya no me preocupa. Dejé de obsesionarme con controlar el camino para empezar a disfrutar del viaje.
He encontrado mi luz, sí. Pero también he entendido que encontrarla no basta; hay que elegir cada día mantenerla encendida. Y eso implica seguir cuidándome, seguir escuchándome y seguir eligiéndome incluso cuando la vida vuelve a ponerlo todo patas arriba.
Ya no vivo intentando sobrevivir... ahora vivo en paz, incluso en medio del caos. Porque entendí que el caos nunca llegó para destruirme; llegó para obligarme a convertirme en quien siempre estaba destinada a ser: yo misma.
Awen


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