Bajo cero: entrando en la era villana
No se quiso ir. Esa es la puta herida que se infecta cada madrugada, la espina que no hay anestesia capaz de arrancar.
Cuando el amor se extingue por desgaste, la marcha es un trámite limpio; uno se despide de los restos, hace las maletas y cruza la puerta con la fría quietud de quien cierra un libro leído. Pero cuando la arrancan de cuajo de un lugar donde quería plantar raíces, cuando la obligan a soltar las manos a la fuerza mientras suplicaba en silencio quedarse a construir esa realidad que tanto había anhelado... eso no es una ruptura. Es una ejecución a sangre fría. Es un desgarro en el pecho que la deja flotando en el limbo, habitando este mundo como un puto fantasma que respira por inercia.
Y ahí se ve, de nuevo frente al espejo, teniendo que rescatar del fondo del armario esa maldición que tanto le costó años de terapia y sudor arrancar: esa armadura impoluta de la que creía haberse despojado para siempre, obligada a ponérsela otra vez para salir a fingir que sostiene el pulso mientras por dentro está sangrando.
¿De qué coño le ha servido ser buena? ¿Para qué sirve entregar el alma si la única que siempre sale dañada es ella? ¿Por qué tanto empeño en buscarla, en rascar sus defensas, en llamar su atención hasta obligarla a ceder, a abrirle el pecho y apostarlo todo, para después romperla en mil pedazos? Despertar este amor inmeso, este incendio sagrado que la devoraba por dentro, ¿solo para huir con otra y dejarla aquí, varada en la orilla, con las manos repletas de un amor ciego que ya no tiene a dónde ir?
Maldice el día en que decidió volver a amar, maldice cada hora invertida en volver a abrir el corazón. Ojalá no sintiera nada y estuviera blindada, insensible, intacta en su fría monotonía donde al menos se podía vivir sin este dolor que le quema las entrañas. Preferiría mil veces la anestesia de la apatía antes que estas noches en vela, con el pecho oprimiéndose hasta la náusea y la mente atrapada en un bucle perverso, repitiendo cada fotograma de su traición y cada puta mentira que le contaba. A la buena la joden y a la cabrona la idolatran.
Ser buena es una condena. Amar hasta los huesos, un deporte de riesgo en el que siempre, invariablemente, sale perdiendo. Ha acumulado tanta mierda, tantas puñaladas por la espalda y tantas traiciones en tan poco tiempo que ha tocado fondo. Su corazón ha mutado; ha perdido su forma humana, su calidez, su capacidad de latir para otros. Ya no es carne ni refugio: es una piedra fría, un bloque de granito oscuro.
Se acabó la tregua.
A partir de ahora, que arda lo que tenga que arder. Se va a volver implacable, fría, egoísta e hija de puta. Va a levantar un muro tan alto y tan afilado que nadie, absolutamente nadie, volverá a cruzarlo jamás. Si para no sufrir hay que dejar de sentir, que así sea. Entierra la bondad como quien entierra un cadáver inservible, porque en este juego de mierda, amar de verdad es firmar su propia sentencia de muerte.
Que se jodan todos. Ya no queda compasión; solo queda ceniza, rabia pura y la firme promesa de que jamás, por nadie, volverá a sangrar.
Awen



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