Quizá nunca entendimos qué era el amor...
¿Y si nunca entendimos realmente qué era el amor?
Durante mucho tiempo creímos que el amor consistía en encontrar a la persona adecuada, en esa fantasía Disney que la sociedad nos vende y que ahora todos postean en Instagram con fotos perfectas de viajes, aventuras y cenas, como si fuera un puto catálogo. Nos enseñaron a perseguir mariposas en el estómago, el deseo y esa intensidad capaz de poner el mundo del revés. Crecimos creyendo que, si una historia no nos hacía arder por dentro, nos incomodaba o a veces dolía, entonces no debía de ser amor.
Y quizá ahí empezó la mayor confusión de toooda nuestra generación. Porque lo que solemos llamar amor, en realidad, es solo una fase del mismo: el enamoramiento.
El enamoramiento es una de las experiencias más bomitas que puede vivir un ser humano, pero también una de las más engañosas. Durante esa etapa no vemos a la otra persona como realmente es; vemos una mezcla entre quien es y todo aquello que deseamos que llegue a ser. Nos enamoramos de su potencial, de una expectativa creada por nuestra cabeza. Nuestro cerebro, inundado de dopamina y adrenalina, idealiza, proyecta y completa los huecos con nuestras propias expectativas. No nos enamoramos solo del otro... nos enamoramos de la historia que imaginamos junto a él. Y eso no tiene nada de malo, pero es solo el principio.
El problema aparece cuando creemos que esa sensación debería durar para siempre... y ahí llegan las hostias.
Toda relación atraviesa etapas: Primero llega el enamoramiento; después, la idealización. Más tarde aparece una fase que muchas parejas interpretan como el principio del fin, cuando en realidad es el comienzo del amor de verdad: la desilusión. Es esa fase donde las máscaras caen, las diferencias aparecen y dejamos de ver a la persona que imaginábamos perfecta, para encontrarnos por fin, con la persona que realmente tenemos delante, con sus defectos, sus heridas y todas sus sombras todavía sin resolver. Y es precisamente en ese momento cuando la mayoría de las relaciones terminan, no porque el amor haya desaparecido, sino porque todavía no había empezado.
Amar nunca consistió en encontrar a alguien perfecto. Consiste en conocer también sus heridas, sus contradicciones, sus días difíciles y decidir, con conciencia, seguir construyendo a su lado. No desde la resignación ni desde el sacrificio, sino desde una elección libre. Y eso no significa soportarlo todo... No confundamos ahora el amor con la falta de límites. Existe una diferencia enorme entre el dolor que forma parte del crecimiento y el dolor que destruye tu dignidad.
Una relación sana también duele. Tenemos la falsa creencia de que, por llamarse "sana", todo debería ser perfecto y fácil. Pero una relación sana no nace así; se convierte en sana cuando dos personas deciden trabajar en sí mismas y en el vínculo para construila. Cuando aprenden a comunicarse, responsabilizarse de sus actos, reparar el daño y atravesar los conflictos en lugar de evitarlos. Duele porque amar implica dejar de esconderse. Cuando alguien construye un vínculo profundo con nosotros, inevitablemente ilumina heridas que llevábamos años evitando mirar: el miedo al abandono, al rechazo, a no ser suficientes o a volver a sufrir. Todas esas mochilas que cargamos desde la infancia o de relaciones anteriores. Pero ese dolor invita al crecimiento; no destruye.
En cambio, en una relación tóxica, ocurre justo lo contrario. El dolor no transforma; desgasta, drena. Nadie trabaja en sí mismo, todo gira alrededor de la herida: las mentiras, las traiciones, la manipulación, la indiferencia, la falta de respeto o la incoherencia constante. Allí no creces: sobrevives.
Por eso es tan importante distinguir entre una relación que te confronta y una relación que te destruye.
Muchas personas abandonan relaciones sanas creyendo que han dejado de sentir amor, cuando lo que realmente ha desaparecido es la intensidad del principio. Y es normal. En una relación larga compartes una vida, un día a día, responsabilidades, rutinas... No vas a sentir mariposas siempre. En las relaciones duraderas uno se enamora y se desenamora muchas veces de la misma persona, pero decide volver a elegirla. La ves en pijama, enferma, cansada, enfadada o rota... y aun así quieres seguir construyendo con ella porque compartís una visión, un proyecto de vida, valores y muchas otras cosas.
Cuando estamos acostumbrados al caos, interpretamos la calma como aburrimiento. Si durante años aprendiste que amar era perseguir, dudar, sufrir o luchar constantemente por la atención del otro, una relación estable puede parecerte vacía. No porque le falte amor, sino porque a tu sistema nervioso le falta conflicto. Nuestro cerebro busca aquello que le resulta familiar, incluso cuando ese lugar está lleno de dolor. Por eso es tan importante preguntarnos cómo era el amor que vimos en casa, cómo se relacionaban nuestros padres y qué patrones hemos repetido sin darnos cuenta.
Seguimos para bingo y es el turno de otra herida que suele pasar desapercibida: la baja autoestima.
Cuando una persona no ha aprendido a reconocer su propio valor, acaba buscándolo constantemente fuera. Necesita sentirse deseada, admirada o validada para confirmar que sigue siendo suficiente. Y ahí, muchas veces, aparecen las infidelidades.
No siempre se es infiel porque el amor haya terminado. Muchas veces se busca fuera aquello que uno dejó de encontrar dentro de sí mismo. Otras veces la pareja atraviesa una crisis y, en lugar de afrontarla, alguien decide anestesiarse con la novedad. Una mirada diferente, un halago inesperado o la atención de otra persona vuelven a activar la dopamina y adrenalina del deseo y hacen creer que el problema era la relación, cuando, en realidad, el conflicto llevaba mucho tiempo viviendo dentro de uno mismo. La baja autoestima y la necesidad de validación son solo una de las muchas razones por las que algunas personas terminan buscando fuera lo que no saben construir dentro. No ocurre siempre, pero sí con mucha más frecuencia de la que imaginamos.
Quien necesita que los demás le recuerden constantemente cuánto vale termina convirtiendo el amor en un intento desesperado de llenar un vacío que ninguna persona podrá llenar jamás. Es como un pozo sin fondo...
Y es que la rutina no destruye el amor, lo destruye dejar de cuidar el vínculo. Las conversaciones que nunca se tienen, esos conflictos que se esconden debajo de la alfombra porque incomodan, los pequeños gestos que dejamos de agradecer o de hacer por nuestra pareja: ese abrazo, un beso de buenos días, un "te quiero", acordarte de aquello que le hace ilusión... La costumbre de dar por sentado a quien siempre esta ahí.
Y luego vienen las sorpresas... El amor no desaparece de un día para otro; se apaga lentamente cuando dejamos de elegirnos. Cuando dejamos de compartir momentos, cuando la intimidad se apaga y dejamos de alimentar el deseo, cuando la diatancia emocional, es insavable.
Porque amar no consiste en no sentir nunca atracción por otras personas, eso sería negar nuestra naturaleza humana. A lo largo de la vida conoceremos personas interesantes, atractivas o que creemos compatibles con nosotros. Siempre ocurrirá. La diferencia no está en sentirlo, sino en lo que decidimos hacer con ello. Si amas de verdad a tu pareja, la pregunta no es si alguien más te llamó la atención. La pregunta es si merece la pena cambiar toda una vida construida juntos por un instante de novedad que probablemente una vea acabada esa fase de enamoramiento, te des cuenta de que tu pareja le daba millones de patadas aún con sus mierdas.
El amor maduro no busca constantemente algo mejor. Construye, se comunica, repara, pide perdón y llega a acuerdos. Aprende a gestionar los conflictos sin convertirlos en la tercera guerra mundial. Entiende que dos personas no permanecen juntas porque nunca discutan, sino porque ninguna discusión vale más que el vínculo que han decidido construir.
Quizá el mayor error fue creer que el amor era solo una emoción...y no lo es. Las emociones cambian. Suben y bajan como las mareas, cambian como los ciclos de la luna. La pasión fluctúa, el deseo se transforma y la euforia del enamoramiento acaba encontrando su equilibrio. Pero ahí aparece algo mucho más profundo: la intimidad. Esa sensación de poder quitarte todas las máscaras delante del otro sin miedo a dejar de ser amado. Es la intimidad la que sella el vínculo, la que convierte a dos personas en un equipo. La pasión está impulsada, en gran parte, por la dopamina; la intimidad y el apego seguro se sostienen gracias a la oxitocina y la serotonina, las sustancias que favorecen la calma, la confianza y el bienestar compartido. Sin intimidad no hay profundidad. Sin profundidad, el amor termina quedándose solo en emoción pasajera y vacía.
Así que el amor no es solo química, intensidad y adrenalina, sino elegir a la misma persona una y otra vez cuando la novedad desaparece y aparecen las imperfecciones. Es dejar de buscar refugio en otras personas para volver a mirar a quien lleva años sosteniendo tu mano. Es volver a enamorarte muchas veces de la misma persona. Es encontrar el fuego y el hogar en el mismo lugar. Es poder desnudar tu alma porque sabes que enfrente tienes un lugar seguro.
Es crecer juntos, sanar juntos. Celebrar los días buenos y sostenerse en los malos. Es construir un hogar donde ambos puedan romperse sin miedo a dejar de ser elegidos por el otro.
El amor permanece cuando dos personas deciden seguir caminando en la misma dirección incluso en los días en que no resulta fácil. Porque quizá el amor nunca fue encontrar a alguien perfecto... Quizá siempre fue encontrar a alguien imperfecto con quien merezca la pena recorrer el viaje de toda una vida, entendiendo que el verdadero "para siempre" no lo construyen solo los sentimientos ni la química, sino las decisiones que tomamos cada día.
Awen



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