El arte de rendirse ( y dejar que el universo conduzca, que total, para estrellarnos ya estoy yo)





"No puedes vencer a un río obligándolo a someterse. Tienes que rendirte a su corriente... y usar su poder como tuyo". — Dr. Strange, Marvel.

​Desde muy pequeñas nos enseñan que el valor se demuestra a base de sudor, cumpliendo expectativas y sosteniéndolo todo con las manos firmes, como si aflojar el paso fuera sinónimo de fracasar. En una casa donde la calma era efímera y el caos constante, aprendí pronto a hacerme cargo de mí misma, a no molestar y a levantar murallas de autosuficiencia. Crecí con una autoexigencia que desbordaba cualquier límite, metida en una rueda de rutinas milimétricas, timings cronometrados y listas de tareas interminables. Trabajaba tropecientas horas y, de noche, cuando la casa se apagaba, mi mente seguía hiperactiva anticipando un montón de escenarios catastróficos que jamás iban a ocurrir en el 98% de las veces. Estaba completamente desconectada de mí, gobernada por un ego agotador que iba en piloto automático, por el estrés y la ansiedad.

​Hasta que el cuerpo dijo basta.

​Se desató una crisis física y emocional de las que marcan un antes y un después: variaciones de peso, la tensión por las nubes, dolor, inflamación, erupciones y fiebres sin causa aparente. Pasé por la ruta de médicos y especialistas hasta dar con un diagnóstico que me obligó a parar en seco. De la cama al hospital, cirugías y meses enteros sin poder moverme apenas. Y lo más irónico del asunto es que yo, la reina indiscutible de la autoexigencia y el orden, me encontraba atrapada de repente en el cuerpo de una señora mayor, perdiendo la forma física y la energía, sin poder mandar a mis células a hacer lo que yo quería. Con lo que a mi me gusta mandar.

​Fue ahí, en esa absoluta inmovilidad, donde aprendí a soltar el control a la fuerza. No quedó otra opción que rendirse a la incertidumbre, dejar caer el volante y aceptar que no podía controlar ni cómo me levantaría al día siguiente. Jódete y vive en el caos otra vez, pero ahora hazte cargo porque ya no eres una niña.

​Todo aquello coincidió con duelos, una crisis existencial y un matrimonio que hacía aguas. Era una bomba de relojería. Y claro, por aquello de que Murphy así lo decide, todo estalló a la vez. Me quedé suspendida en el vacío: entre una versión caducada de mí que ya dolía y un futuro incierto que atemorizaba igual. Y entonces, exploté. ¿Quién era yo ahora? ¿Qué hacer cuando quedarse dolía tanto como saltar al vacío? Decidí fluir con el puto universo en ese magnífico plot twist y dejar que la vida me fuera quitando todo lo que ya no encajaba, aunque en ese momento doliera. Fue un proceso lento de ir hacia dentro, de rascar capas de miedo y culpa, hasta rescatar a aquella niña libre y atrevida que se lanzaba a la aventura sin mirar atrás o por los toboganes del parque acuático, sin saber nadar y confiando en que ya saldría del agua. Comprendí la lección más dura: hay que soltar el control para tener el control real de tu vida como dice la anciana en la peli del Dr.Strange. 

Hoy me he acostumbrado a fluir y me daría mucho estrés volver a mi yo del pasado, aunque reconozco que a veces, en los extremos, me columpio un poco.

Lo que vino después no estaba previsto. El destino me traía más sorpresas y retos, porque en esos años no había tenido suficiente, y con eso de que "lo que no te mata te hace más fuerte", no sé... ¡qué le den fuerza a alguien más, que voy sobrada!

Y llegó él, en forma de espejo, de lección, de karma y el amor más grande e intenso de toda mi existencia. Pero estabamos en dos puntos distintos y las almas solo pueden unirse cuando vibran en la misma frecuencia. Sé que estar en un proceso interno tan profundo te deja acorralada: detrás duele el pasado, delante duele la incertidumbre, y al final no te queda más remedio que vencer al miedo. Y al mirar enfrente, la vida me puso un espejo exacto: alguien tan petrificado en su coraza como lo había estado yo durante años, prisionero de su propio miedo, con esa misma dinamita interna acumulándose a fuego lento hasta convertirse en una olla a presión. Conozco ese lugar a la perfección porque lo habité; sé cómo ruge esa bomba de relojería por dentro y que, tarde o temprano, estalla porque la vida siempre te arrincona contra tu propia verdad.

​Vino a tocarme las heridas más profundas, para hacerme revisar esos rincones oscuros que creía limpios y a demostrarme que, aunque mi apego estaba ya entrenado, la cabra siempre tira al monte cuando te tocan el botón nuclear.

No se trata de esperar a nadie sentada, porque una no puede pausar su vida ni su evolución esperando a que el otro despierte del letargo. Pero cuando reconoces a tu otra mitad en medio de su propio reflejo, entiendes las costuras del proceso. Si algún día se atreve a despojarse del miedo, a cruzar el puente de su propia resistencia y está listo para sostener de verdad, sabrá dónde encontrarme. Al final, las almas que se reconocen, siempre saben el camino de vuelta a casa.


"Te amo en este y en todos los universos".


Una vez más se repite la lección: suelto el control y me rindo, aunque se me parte el alma.

​¡Menudo puto examen final, joder! Ahora quiero el premio. (dijo ella después de dos valerianas y un lorazepam). 💫

Awen



Nota para los lectores

Todas las historias y relatos que encontrarás en este blog son obras de ficción. Nacen de la inspiración, de pequeñas vivencias, anécdotas y detalles que la gente comparte conmigo en el día a día. Aunque parte de una chispa real o de una conversación compartida, los personajes, tramas y acontecimientos han sido transformados y recreados por completo para dar vida a cada narrativa.

Cualquier semejanza con personas, lugares o hechos reales es pura coincidencia. ¡Gracias por acompañarme en este espacio de creación y lectura!


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