Hay formas de quedarse: mientras duermes, mi alma estará contigo

 


Él no quería hablar con ella. Después de las últimas "discusiones" —si es que podía llamarlas así—, ella había terminado alejándose, y sabía que aquella distancia había hecho que él volviera a ponerse la coraza que tantas veces había intentado bajar con ella. Ambos estaban heridos y, después de que ella reabriera en junio la herida más reciente y profunda que él llevaba dentro, comprendía que hubiera necesitado tiempo para volver a confiar. Había demasiada confusión, demasiadas cosas sin resolver y demasiados silencios entre los dos, hasta el punto de que ahora era él quien desconfiaba, quien parecía rendirse y levantar otra vez las barreras, aunque ella siguiera sintiendo que aquella conexión no había desaparecido; simplemente estaba en pausa, suspendida en algún lugar entre todo lo que habían sido y todo aquello que todavía no sabían qué hacer con ello.

Y quizá por eso, aunque él no quisiera hablar con ella, decidió tenderle la mano una vez más. No para pedirle nada, ni para abrir otra discusión, ni para intentar convencerle de nada, sino porque sabía que estaba atravesando un momento difícil y que, cuando la vida te golpea de esa manera, a veces toda la energía se va simplemente en intentar sostenerte. Ella sabía que tenía miedo, aunque él jamás lo reconociera en voz alta, y quizá también sabía que detrás de aquella distancia había demasiadas cosas que no sabía cómo manejar. Por eso, esta vez, su amor pudo más que su orgullo y que cualquier malentendido.

Recordaba perfectamente aquella noche en la que él le dijo aquellas palabras que llevaban días preocupándola. Desde entonces no había conseguido quitárselas de la cabeza. Sabía que, si finalmente el diagnóstico confirmaba lo que los médicos sospechaban, vendrían pruebas, una intervención y probablemente un tratamiento, y aunque no quería adelantarse a los acontecimientos ni alimentar un miedo que todavía no tenía diagnóstico definitivo, necesitaba hacer algo que sí podía hacer: explicarle, desde su propia experiencia, cómo sería todo para que al menos no tuviera que enfrentarse también al miedo de no saber qué iba a pasar.

Porque aquella situación le resultaba demasiado familiar. Ella también había conocido ese momento (varias veces en los últimos años, por desgracia) en el que la vida parece estar desmoronándose por todos los lados y, cuando ya estás intentando sobrevivir a una crisis existencial, el cuerpo decide obligarte a detenerte y escucharlo. A veces la vida tiene una manera brutal de decirnos que llevamos demasiado tiempo corriendo, pensando, resistiendo y tratando de mantenerlo todo bajo control, hasta que el cuerpo termina hablando por nosotros.

«Así que escucha», pensó mientras escribía. «No quiero asustarte. Quiero que sepas que, aunque ahora todo parezca enorme, hay un camino y no tienes que imaginarlo entero de golpe.»

Después de las pruebas y del diagnóstico, si finalmente hay que operar, normalmente llega el proceso preoperatorio: análisis, electrocardiograma y la visita con el anestesista, donde te preguntarán por alergias, antecedentes médicos, medicación habitual y otros datos que necesitan conocer para decidir cómo proceder con seguridad. Todo forma parte de la preparación y, aunque pueda parecer abrumador cuando lo estás viviendo por primera vez, detrás de cada pregunta hay un equipo intentando asegurarse de que todo esté controlado antes de entrar en quirófano.

Y después llega el día  "D" el de la intervención...

Sé que impone, sobre todo si nunca has pasado por algo parecido. Harás el ingreso, te pondrás la bata, el gorro y lo necesario para entrar en quirófano, te colocarán una vía y te explicarán nuevamente el procedimiento, mientras tú probablemente estarás intentando aparentar que estás tranquilo aunque por dentro tengas ese pequeño nudo que aparece cuando comprendes que, durante unas horas, vas a tener que dejarte completamente en manos de otras personas. Sé que el control es tu kriptonita, pero ahí tocará soltarlo y confiar. 

Después te llevarán por los pasillos hasta quirófano y quizá notes el frío que suele hacer allí, mientras escuchas el sonido de las máquinas, las voces del personal y esos pequeños pitidos que, cuando estás nervioso, parecen mucho más importantes de lo que realmente son. Al llegar, probablemente te impresionará verte allí, tumbado y vulnerable, rodeado de enfermeras, anestesistas, médicos y del cirujano que va a intervenirte, pero intenta recordar algo: ellos están allí precisamente para cuidarte. Y yo estaré ahí en alma. 

El anestesista volverá a hacerte preguntas, comprobarán todo de nuevo y colocarán los monitores necesarios para controlar tu respiración, tu oxígeno, tu tensión y tu frecuencia cardíaca. Dependiendo del tipo de intervención y de la anestesia que necesites, te administrarán la medicación correspondiente y, poco a poco, dejarás de escuchar lo que ocurre a tu alrededor. Si utilizan propofol, por ejemplo, puede producir una sensación breve de escozor o calor al entrar por la vía y, en muy poco tiempo, te quedarás dormido.

Y ahí se termina tu parte.

No tienes que controlar nada. No tienes que ser fuerte. No tienes que pensar qué está pasando. Simplemente tienes que dormir y dejar que ellos hagan su trabajo.

Cuando vuelvas a abrir los ojos, la intervención habrá terminado y estarás en reanimación o en la unidad que corresponda según el tipo de cirugía. Seguirás rodeado de máquinas y monitores, quizá todavía bastante aturdido, con sueño y sin saber muy bien qué hora es. Algunas personas tienen náuseas, mareos o una bajada de tensión después de la anestesia, así que, si notas algo extraño o simplemente necesitas algo, pulsa el botón y avisa a las enfermeras; están acostumbradas a ello y estarán pendientes de ti.

Después llegará el postoperatorio, que dependerá muchísimo del tipo de intervención que te hayan realizado. Tendrás medicación para controlar el dolor, controles periódicos, curas y, si los médicos lo consideran necesario, antibióticos u otros tratamientos. Probablemente llevarás suero durante un tiempo y quizá tardes unas horas en poder comer con normalidad. Haz caso a los médicos y a las enfermeras, descansa todo lo que puedas y no tengas prisa por sentirte como antes, porque tu cuerpo acaba de pasar por algo importante y necesita tiempo para recuperarse.

Si durante esas horas pudiera estar allí, estaría sentada a tu lado, aunque probablemente tú estuvieras demasiado dormido para darte cuenta, mientras yo te cogería la mano sin soltarte, te besaría la frente y te acariciaría la cara con esa ternura que solo alcanzó a decirte con palabras. Te dejaría dormir, porque sé que lo necesitarías, y cuando despertaras intentaría hacerte reír, aunque fuera con alguna de nuestras tonterías, porque los hospitales tienen demasiadas horas vacías y demasiado silencio.

Pasarán las horas o los días de ingreso, según lo que necesites, te harán las curas, controlarán cómo evoluciona la herida y el médico irá revisando que todo siga su curso. Y llegará también el momento de volver a casa, cuando te expliquen cómo cuidar la herida, qué medicación tienes que tomar, qué señales debes vigilar y cuándo tendrás que volver para las revisiones, las curas o la retirada de puntos. Si finalmente necesitas algún tratamiento adicional, los médicos te explicarán cuándo empieza y cómo será, y tendrás que atravesarlo paso a paso, sin adelantarte al sufrimiento de cada día antes de que llegue.

No quiero que pienses ahora en todo lo que podría pasar. Piensa únicamente en lo que tienes delante y después, la recuperación. No necesitas vivir diez pasos por delante de tu cuerpo cuando todavía estás en el primero. Ni imagines escenarios chungos en tu mente, que nos conocemos. Irá bien, lo sé. Confía. 

Y sé que quizá no quieres que te diga nada de esto. Sé que no quieres contarme lo que ocurre, que no quieres que hagamos equipo y que probablemente preferirías atravesarlo a tu manera, como has hecho tantas veces con todo aquello que te da miedo. Lo entiendo. Y voy a respetarlo. Pero recuerda estas palabras porque son lo único que ahora me permites darte.

Si fuera por mí, estaría ahí contigo, leyéndote mientras esperas, haciéndote reír cuando te entren los nervios y abrazándote cuando no supieras qué hacer con todo lo que estás sintiendo. No intentaría salvarte ni solucionarte nada; simplemente estaría... Porque a veces acompañar a alguien no significa quitarle el dolor, sino conseguir que, mientras lo atraviesa, no sienta que tiene que hacerlo completamente solo. Porque he pesado por ahí demasiadas veces los últimos años y sé lo que es que nadie esté a tu lado en esos momentos. Pero yo de alguna forma, voy a estar.

Así que respira...

No pienses todavía en la cirugía, ni en el tratamiento, ni en todo lo que podría venir después. Piensa en las canciones que nos mandábamos, en aquellos memes absurdos con los que conseguíamos reírnos durante horas, en aquella vez que nos vimos después de tanto tiempo y en cómo bailamos a pocos centímetros de distancia, como si durante unos minutos todo lo demás hubiera dejado de existir. Piensa en algo bonito cuando tengas miedo y deja que tu cabeza vaya hacia un lugar donde te sientas seguro. Piensa que estoy ahí. 

Y si alguna noche, mientras estés allí, escuchas uno de esos pitidos y te invade el miedo, imagina que estoy sentada a tu lado, sujetándote la mano y diciéndote bajito que no tienes que hacer nada más que respirar y dejarte cuidar.

Mi alma estará ahí contigo, aunque yo no pueda estar físicamente. Porque tu y yo seguimos conectados a pesar de todo.  Y quizá eso sea lo único que puedo darte ahora: la certeza de que, pese a todo lo que haya ocurrido entre nosotros, pese a las heridas, los silencios, la distancia y todas esas cosas que nos han hecho perder el camino tantas veces, hay sentimientos que no desaparecen simplemente porque dos personas hayan dejado de hablar.

Solo quería que, si llega ese momento en el que tengas miedo, recuerdes que alguien está pensando en ti y deseando con toda su alma que salgas de esto bien.

Así que descansa, déjate cuidar y vive un día cada vez. Todo irá bien. Y mientras duermes, aunque no puedas verme, imagina que sigo ahí, dándote la mano y sin soltarla.

Yo siempre soy y seré refugio. 

Te quiero ♾️🫂


Awen

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